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¿Por qué los adolescentes no se sienten acompañados?

Una mirada pausada sobre la soledad, la aceleración y la crisis de sentido.

Vivimos en un momento histórico extraño: hiperconectados y, a la vez, profundamente desconectados. Las prisas, la multitarea constante y una cultura que nos empuja a producir sin parar han erosionado lo más básico: la capacidad de mirar al otro y sostenerlo emocionalmente.

Y los adolescentes, que son el barómetro emocional de cualquier sociedad, lo están expresando con toda la fuerza que pueden… aunque no siempre sepamos escucharlo.

Los titulares vuelven a señalarles —que si TikTok, que si la falta de límites, que si la salud mental «de moda»— pero no hablan del origen. El origen somos nosotros. La vida adulta. Las dinámicas familiares. El ritmo que hemos normalizado. La sociedad entera.

La brecha que nadie quiere ver

A veces me pregunto si necesitamos tanto estudio para ver lo que está pasando. Los estudios ayudan, sí. En algunos momentos son necesarios para poner cifras a lo que intuimos, para que lo que sentimos tenga un respaldo que el mundo académico y las instituciones puedan escuchar. Pero otras veces pienso que si necesitamos que venga un informe a decirnos que nuestros hijos no se sienten acompañados… es porque hemos perdido algo mucho más básico que la información. Hemos perdido la capacidad de sentirlos. De percibirlos. De leerlos sin necesitar que nos lo expliquen.

Que un adolescente tenga que rellenar un cuestionario para que su familia se entere de que está solo… eso no es un problema de datos. Es un problema de presencia. De cordura. De coherencia básica.

Con todo, el dato existe y merece leerse. Un informe reciente del National Center for Health Statistics (National Health Interview Survey, julio 2021-diciembre 2022) revela una brecha que debería preocuparnos: más del 76 % de los padres cree que sus hijos siempre reciben apoyo emocional. Solo un 27 % de los adolescentes dice sentirlo realmente. Un 20 % de los adolescentes afirma que rara vez o nunca recibe ese apoyo, frente a solo un 3 % de padres que lo reconoce.

Es una fractura emocional real sostenida en el tiempo. Dentro de familias que se quieren y que hacen lo que pueden. Estamos fragmentando las raíces que nos sustentan y echamos la culpa de todo a nuestros adolescentes.

La evidencia de organizaciones internacionales como UNICEF España apunta en la misma dirección: cuanto menos acompañamiento sienten los adolescentes en casa, mayor es su ansiedad, su tristeza, su dificultad para autorregularse y su dependencia de las pantallas como refugio emocional.

Los adolescentes no se sienten apoyados porque no estamos disponibles de la manera en que ellos necesitan. No porque seamos malos o buenos padres. Sino porque hemos dejado que la vida automática se coma nuestro tiempo, nuestra sensibilidad y nuestra presencia. Tenemos que salir del juicio y atrevernos a mirar lo que hay.

Aceleración, estrés, vidas sin pausa: una crisis existencial que se cuela en la familia

Estamos viviendo una crisis existencial colectiva, una fragmentación de lo que nos da sentido, de lo que nos hace ser personas.

Llevamos años en un tren de alta velocidad que no frena pero tampoco hacemos nada por frenarlo. En este viaje estamos perdiendo sensibilidad, capacidad de impacto, ya casi ni nos afectamos por las cuestiones del día a día… ¡Hemos normalizado tantas cosas!

Y cuando un adulto pierde sensibilidad, deja de ver el mundo emocional de sus hijos. Deja de ser refugio.

Estamos estresados, saturados, agotados, sobreviviendo. Y en este contexto, pretender acompañar procesos largos, lentos y profundos —que es lo que requiere la adolescencia— se vuelve casi imposible… mejor que cambien a mi hijo y ya. El modelo de vida nos arrastra y lo más grave es que está siendo el modelo de referencia de nuestros hijos.

El resultado es que vivimos acelerados, reaccionamos rápido, queremos soluciones inmediatas, no toleramos procesos largos, queremos que alguien se haga cargo de nuestros hijos. No tenemos ni el tiempo ni el lívido para sostenerlos y atenderlos. Estamos chupados, estamos sin energía. Demasiada mala vida, demasiado estrés, demasiada basura acumulada y muy poca conciencia de lo mal que nos hace.

Escuelas saturadas, aulas tensas y adolescentes sin refugio

La escuela está asumiendo funciones que no le corresponden: contención emocional, educación sexual (jaja ¡ojalá!), regulación de conflictos, detección precoz de salud mental. Pero también está desbordada. Los maestros también están desbordados. Los maestros también tienen hijos y vida fuera del colegio.

Aulas llenas de exigencias, pantallas y más pantallas que sino nos quedamos atrás…, burocracias, informes, ritmos acelerados, poca escucha, mucha presión que va de un lado para otro y muy poco espacio seguro para expresarse.

Toda esta locura que hemos creado repercute directamente en ellos, nuestros hijos, nuestros adolescentes, nuestra esperanza dicen algunos…

Cuando un adolescente no se siente acompañado en casa, y tampoco se siente seguro en el aula, queda emocionalmente a la intemperie. Y eso, os lo aseguro, no es SOBREPROTECCIÓN, como algunos intentan justificar, es abandono.

Y en esa intemperie, las pantallas ofrecen lo que debería ofrecer la familia y la comunidad educativa: compañía, distracción, sentido inmediato, alivio rápido del malestar, pertenencia artificial.

Es un verdadero escape en nombre del PROGRESO. No estamos creando espacios para el desarrollo del ser, sino para la destrucción del ser. Deberíamos dar un repasito a los conceptos EDUCACIÓN y SALUD.

Estamos desprotegiendo. Y echando a nuestros hijos a los depredadores.

Estamos desprotegiendo a nuestros hijos. Los estamos echando a los depredadores del sistema: pantallas, algoritmos, industrias sin escrúpulos, contenido pornográfico accesible a los once años, dinámicas de violencia normalizadas en cada pantalla. Y lo hacemos convencidos de que los estamos protegiendo, o simplemente sin darnos cuenta, que es aún más grave.

Nos engañamos. Y nos están engañando. Nos hemos convencido de que con poner un control parental en el móvil, con hablar de vez en cuando, con llevarles al psicólogo cuando ya hay crisis, estamos cumpliendo. Y así gestionamos síntomas mientras la raíz sigue intacta.

La raíz es que no sabemos sostenernos a nosotros mismos, y por eso no podemos sostener a nadie más. Un adulto que no tiene contacto con su propio mundo emocional, que no sabe qué siente ni qué necesita, que va por la vida en piloto automático, no puede ofrecer a un adolescente lo que ese adolescente más necesita: un referente con presencia real, con criterio propio, con capacidad de aguantar lo incómodo sin huir.

El sistema que nos tiene exactamente donde nos quiere

Siempre acabamos cayendo en la misma trampa porque todo está diseñado para obligarnos a mirar hacia afuera, nunca hacia dentro. Y cuando dejamos de mirarnos, cuando perdemos contacto con lo que realmente sentimos y necesitamos, somos presas fáciles. Solo hay que observar —pero observar de verdad— para ver que la forma de actuar de la población sigue un patrón clarísimo, un patrón que replica punto por punto las dinámicas de manipulación narcisista: primero te distraigo, luego te culpo, después te desoriento y finalmente te convenzo de que lo que te está destruyendo es problema tuyo.

Los gobiernos, las industrias, muchas instituciones… funcionan igual. Lo que para el poder es una herramienta afilada que mantiene a la gente dócil, confundida y sin criterio, al pueblo se le vende como trastorno individual, como etiqueta psiquiátrica, como «esto te pasa a ti». Y así se consigue justo lo que se busca: que nadie se entere de nada. Porque cualquier abuso, por grande que sea, deja de verse cuando se normaliza. Y ahora mismo estamos metidos hasta el cuello en esa normalización.

Y lo terrible es que, en medio de todo esto, hemos perdido incluso el impulso básico de proteger lo más sagrado. No tenemos lívido para nada. No tenemos energía, ni claridad, ni margen. Y nuestros hijos, que dependen de nuestra capacidad de sostener, quedan expuestos una y otra vez a los depredadores del sistema.

Uno de los efectos más graves de esta sociedad acelerada es la pérdida de capacidad para impactarnos. Ya nada nos impacta, nada nos afecta, estamos totalmente disociados. Nos hemos acostumbrado a la violencia verbal, la humillación entre iguales, la tristeza de nuestros hijos, su desconexión, su apatía, su falta de motivación, y la soledad emocional que atraviesan. Lo vemos cada día… pero ya no nos remueve. Y cuando algo deja de removernos, dejamos de actuar.

No solo no nos impactamos sino que tampoco nos afectamos. Estamos fríos, distantes, sin sangre en las venas. Y mientras nosotros sobrevivimos en ese entumecimiento, nos estamos comiendo toda su vitalidad, sus ganas de vivir, su motivación, sus intereses, su lívido. Es el gran desastre de la humanidad.

Este adormecimiento emocional no surge espontáneamente: es un efecto directo de un sistema que prioriza lo urgente sobre lo importante, lo inmediato sobre lo profundo, lo visible sobre lo íntimo. Lo productivo y rentable frente al bienestar real, encarnado en todas las dimensiones.

Se nos olvidan las dimensiones que nos hacen SER personas. Hemos perdido el norte.

Y nuestros adolescentes pagan el precio.

La adolescencia exige profundidad, no velocidad

La adolescencia necesita tiempo. Necesita acompañamiento real, conversaciones largas, silencios compartidos, adultos disponibles. Es una etapa en la que el cuerpo cambia, el deseo despierta, la identidad busca su forma, la autoestima se coloca o se rompe, la vocación empieza a asomar. Y todo eso no se puede vivir con prisa ni desde la superficialidad con la que nos estamos relacionando hoy con casi todo.

Cuando los adultos no acompañamos estos procesos desde la presencia —una presencia que se siente, que mira, que escucha de verdad— otros llenan ese espacio. Y ese «otros» hoy tiene nombre: redes sociales, contenido extremo, pornografía, estímulos rápidos que no ayudan a crecer, solo a evadirse. No es que a los adolescentes les atraigan «las trampas». Es que no encuentran un lugar más sólido donde apoyarse para transitar lo que viven por dentro.

El problema es que el mundo adulto está tan acelerado y tan fuera de sí mismo que el adolescente entra en esa vorágine sin referencia, sin sostén, sin un punto de calma al que volver. Y cuando no hay un anclaje emocional, todo se vuelve más frágil. Ahí es donde empiezan las grietas, no porque ellos fallen, sino porque no encuentran a nadie que pueda ir a su ritmo interno, que es un ritmo mucho más lento y profundo que el ritmo con el que vivimos.

«Estamos viviendo tan rápido que hemos perdido sensibilidad, y cuando un adulto deja de sentir, deja de ver lo que un adolescente necesita.»

Miren Cía

Lo que está sucediendo no necesita discursos duros ni moralinas. Necesita honestidad. Necesita valentía para reconocer que hemos perdido la capacidad de estar presentes, que vivimos demasiado rápido y demasiado lejos de lo que importa, y que eso tiene consecuencias en nuestros hijos y en nosotros mismos.

La adolescencia nos está mostrando algo que no queremos ver: que nuestra forma de vivir, de relacionarnos y de educar está desconectada de la vida real. Y que no podemos seguir delegando lo esencial en las escuelas, en las pantallas o en la suerte. La responsabilidad es adulta, y es profunda. No hablamos de culpa. Hablamos de asumir el lugar que nos corresponde.

Si queremos que nuestros hijos lleguen a la adultez con estabilidad, con autonomía, con deseo propio y con un yo bien arraigado, necesitamos volver a lo básico: presencia, lentitud, conversación, vínculo. Volver a dejarnos impactar por lo que sienten. Dejar de vivir en automático. Recuperar la sensibilidad.

Porque es ahí —en esa mirada limpia, en esa presencia que no huye— donde realmente empieza el acompañamiento.

Te abrazo.

Miren Cía

Terapeuta familiar y educadora sexual en el Pirineo Navarro

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