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La sexualidad que soy: del deseo al vínculo en el acompañamiento a adolescentes y familias

Una mirada profunda a la sexualidad más allá de lo genital: el deseo, el cuerpo y el vínculo como base del desarrollo en la adolescencia y del acompañamiento familiar.

La sexualidad, cuando está integrada con la afectividad, deja de ser un impulso suelto, deja de ser una descarga puntual o una simple sensación, y pasa a convertirse en vínculo.

Es en ese lugar donde aparece el amor.

No como una idea romántica o idealizada, sino como una experiencia real en la que lo corporal, lo emocional y lo relacional están alineados. Cuando esto ocurre, la persona no se fragmenta: siente, piensa y se relaciona desde un mismo lugar.

Sin embargo, cuando la sexualidad queda separada de la afectividad, aparece la desconexión. El cuerpo va por un lado, la emoción por otro y la relación pierde profundidad. Y esto es algo que estoy viendo, cada vez, en personas más jóvenes.

Personas con necesidad de altos niveles de estimulación sexual, pero con grandes dificultades para vincularse, para sostener la intimidad o para sentir al otro. No hay encuentro o por lo menos, hay mucha dificultad para conectar realmente pero también para darse cuenta de si hay conexión o no, porque la cabeza es la protagonista. No hay integración de cuerpo y emoción.

Cuando la integración sí se da, el movimiento es completamente diferente. Aparece la presencia, la conexión, la reciprocidad, el cuidado. Y entonces la sexualidad deja de ser algo que se hace y pasa a ser algo que se es en relación con el otro.


El deseo: una fuerza que moviliza todo el organismo

El deseo sexual aparece de forma intensa y moviliza el organismo entero cuando estoy ante la persona que me atrae, es un impulso muy fuerte que nos lleva hacia el otro.. Activa las glándulas sexuales, acelera el ritmo del corazón, modifica la respiración y pone en marcha ciclos completos de acción orientados a su satisfacción.

El placer más intenso aparece cuando ese deseo puede ser vivido y satisfecho plenamente. Y cuando el deseo no está presente, el placer desaparece.

Aquí encontramos una de las grandes limitaciones en la vivencia de la sexualidad.

Muchas personas han aprendido a vivirla desconectadas del deseo, o centradas exclusivamente en lo genital, o en la búsqueda del orgasmo como objetivo final. Esta forma de relacionarse con la sexualidad empobrece la experiencia.

La obsesión por el resultado o por llegar cuanto antes al orgasmo corta el proceso. Interrumpe la conexión, reduce la sensibilidad y limita el encuentro. El deseo, en cambio, abre. Abre la búsqueda de contacto, de comunicación y de relación.

Y esta capacidad de desear no debería de ser automática, se puede entrenar y aprender. Se aprende en distintos niveles: en lo mental, en lo emocional y en lo corporal. Implica activar todo el sistema, no solo una parte. Los 5 sentidos están despiertos dispuestos a dar y recibir y dejarse llevar en ese sentir gustoso y placentero.

Por eso no podemos reducir la sexualidad a la genitalidad.


La educación sexual empieza en nosotros

Este es el punto de partida del trabajo que realizamos en Educasex Familiar, mi programa de educación sexual para familias.

Abordamos la sexualidad en toda su dimensión: cómo se construye, cómo y cuándo aparece el despertar sexual, qué ocurre con el deseo, con el impulso sexual, con la vitalidad, y cómo acompañar todo esto en nuestros hijos.

Pero este acompañamiento no puede hacerse desde fuera y sin haberlo experimentado con esta mirada.

Todo esto tiene que ser vivido primero en nosotros.

Porque cada persona llega con una historia. Con una vivencia de su propia adolescencia. Con una forma concreta de haber habitado su sexualidad. Y en ese recorrido aparecen muchos elementos que condicionan la manera en la que hoy nos relacionamos con ella.

Mitos, silencios, cortes, aprendizajes implícitos.

Si eso no se revisa, se transmite.

Por eso el trabajo es con nosotros. Con lo que somos y con cómo estamos viviendo todo esto en el presente.

Ahí es donde acompañamos a las familias.

A recuperar su sexualidad, a habitarla, a sentirla, a disfrutarla.

Porque nuestra forma de vivir es, en sí misma, una forma de educar.


Llevar la sexualidad al cuerpo

Después de 12 semanas de trabajo en el programa, el proceso continúa con una sesión presencial en junio.

¡Tiene tanto sentido!

Porque hay cosas que no se integran solo comprendiendo. Necesitan ser vividas.

Por eso estamos preparando un encuentro de biodanza para danzar la vida, danzar nuestra vitalidad y mover nuestra sexualidad.

Un espacio donde poder soltar la mente para bajar al cuerpo. Para ir soltando la inhibición, perder el miedo al contacto, volver a sentir el cuerpo como fuente de placer, abrirse a una intimidad real y habitar el vínculo desde otro lugar.

Se trata de que la sexualidad deje de ser algo mental y pase a ser una vivencia, una verdadera experiencia con lo sensorial y con lo gustoso.

Cuando registramos la experiencia placentera en el cuerpo, es cuando somos capaces de rechazar cualquier experiencia agresiva o dolorosa.

Muchas veces, cuando educamos en sexualidad, el mensaje, por sí solo, no llega. Lo que transforma es la experiencia directa. El contacto con lo primario, con los sentidos, con el cuerpo en movimiento.

Y cuando esto se da en grupo, la fuerza que se genera es mucho mayor.


Adolescencia: una energía que necesita ser canalizada

En este punto, la reflexión se abre también al ámbito educativo.

Sería necesario que los centros educativos contaran con espacios donde los adolescentes y jóvenes pudieran moverse, danzar, sentir su cuerpo y expresar afecto.

Hoy en día están demasiado enclaustrados demasiadas horas al día y con actividades demasiado dirigidas. Tendríamos que poder llegar a un equilibrio, ganaríamos mucho en salud.

En esa etapa, el cuerpo es central.

Necesitan expresarse, expresar su afectividad, su creatividad, su identidad. Y necesitan que haya adultos que sepan acompañar y canalizar toda esa potencia, toda esa vitalidad, toda esa energía sexual que forma parte de su desarrollo.

Cuando esto no se da, se pierden oportunidades fundamentales.

La adolescencia es un momento de construcción de identidad. Y el cuerpo no puede quedar fuera de ese proceso.


Cuando el cuerpo se pone en movimiento

Cuando el cuerpo se pone en movimiento, aparece algo que no puede forzarse desde fuera.

La posibilidad de expresarse.

La posibilidad de sentirse.

La posibilidad de ser.

Me permito expresar quién soy.

Os abrazo

Miren

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